Mensaje dominical del Obispo de Irapuato Enrique Díaz. 9 de octubre de 2022

Mensaje dominical del Obispo de Irapuato Enrique Díaz. 9 de octubre de 2022

9 octubre, 2022 Desactivado Por Opinión Bajío

XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario / 9 de octubre de 2022

Mons. Enrique Díaz Díaz, Obispo de Irapuato

La experiencia dura de la pandemia nos ha dejado muchas enseñanzas. Además del dolor y sufrimiento, la muerte y la ausencia de los seres queridos, una de las más difíciles experiencias fue el aislamiento y la soledad, tanto personal como de nuestros seres queridos.

La lepra que nos presentan los textos de este domingo representaba para el pueblo de Israel la peor de las enfermedades. Era como una especie de acumulación de todos los males. Es cierto que eran personas afectadas en su piel con muchas de las enfermedades que ahora son fácilmente curables, que, al extenderse por todo el cuerpo, causaban repugnancia, intolerancia y condena.

La peor tragedia que viven estos enfermos no es la enfermedad que desgarra físicamente sus cuerpos, sino la vergüenza y humillación de sentirse personas sucias y repulsivas a las que todo mundo rehúye. Todo un drama porque no pueden casarse, tener hijos, participar en su comunidad, y deben quedar condenados a su aislamiento, a vivir de la caridad y a mirarse como condenados. ¿Otros tiempos? Nuestra moderna sociedad nos ofrece un gran número de personas que en la actualidad también son condenadas, separadas y obligadas a vivir en desprecio y condena.

Hemos globalizado la indiferencia y olvidado la solidaridad. Jesús actúa de un modo contrario y rompe con los moldes antiguos y nuevos. Para Él no solamente no están abandonados por Dios, sino que tienen un lugar privilegiado en el corazón del Padre. Jesús se dedica a ellos antes que a nadie. Se acerca a los que se consideran abandonados, toca a los leprosos rompiendo leyes y tabúes, despierta confianza en aquellos que no tenían acceso ni al templo ni a la ciudad y los reintegra en plenitud de comunión, quitando pecado, enfermedad y segregación.

No volteemos el rostro ¿Cómo lo hace Jesús? Escucha el clamor de los segregados, no voltea el rostro, sino enfrenta el dolor y los envía para que puedan encontrar su liberación. Limpia la enfermedad y reconcilia con la sociedad. Enfermedad y marginación van tan estrechamente unidas que la verdadera curación se logra solo cuando el enfermo se ve integrado nuevamente a la sociedad.

El ejemplo de Jesús nos cuestiona seriamente en nuestras actitudes. Primeramente, no podemos voltear la espalda ante la segregación. Los migrantes, los enfermos, los distintos, los que tienen hambre, no pueden pasar desapercibidos ante el verdadero discípulo de Jesús. Su dolor nos debe doler en los ojos, pero sobre todo en el corazón. No pueden inspirarnos temor ni desconfianza, son los preferidos de Jesús.

Pero no nos podemos quedar sólo en miradas compasivas, se exige un cambio de estructuras porque necesitamos servir, acompañar y defender a los más débiles. Para el discípulo de Jesús es importante la acogida del pobre y la promoción de la justicia y no podemos quedarnos esperando a que otros la hagan. El Señor nos llama a vivir con generosidad y valentía, la cercanía y la aceptación del que está marginado, caído y despreciado, y reintegrarlo a nuestra sociedad.

Es urgente construir la sociedad de otra manera, como nos lo pide Jesús: donde los impuros puedan ser tocados; donde los excluidos sean acogidos; donde los despreciados sean valorizados; donde toda persona sea reconocida como hijo de Dios. Los enfermos, los migrantes, los diferentes no han de ser mirados con miedo, sino con los mismos ojos misericordiosos y compasivos de Jesús, como los mira Dios Padre.

Cada uno tiene derecho a obtener lo que más nos hace humanos en la vida: el sentirse amado, sentir la ternura, saberse acogido. ¿Cómo nos mira Papá Dios? Sólo añado una palabra: las lecturas de este día también nos llevan por el camino de la gratitud. Todo es don de Dios, todo es gracia de Dios y deberíamos vivir eternamente agradecidos. La ingratitud es una plaga que se extiende y se encona. El samaritano es el único que dice gracias, los otros marchan felices sin reconocer los dones. ¿Somos de un corazón agradecido? ¿Reconocemos los dones que día a día nos regala el Señor?