Mensaje dominical del obispo de Irapuato Enrique Díaz. 19 de junio de 2022

Mensaje dominical del obispo de Irapuato Enrique Díaz. 19 de junio de 2022

19 junio, 2022 Desactivado Por Opinión Bajío

Reflexión del Evangelio

XII Domingo del Tiempo Ordinario / 19 de junio de 2022

Mons. Enrique Díaz Díaz, Obispo de Irapuato

En el camino de la vida de los discípulos de Jesús hay un momento de capital importancia, según el Evangelio de San Lucas. Ya han contemplado los prodigios realizados por Jesús, ya han escuchado sus palabras, ya recorren junto a Él el camino hacia Jerusalén donde será entregado.  Ahora, “en un momento de compañía, en un lugar solitario, al hacer oración”, les hace dos preguntas fundamentales: “¿Quién dice la gente que soy yo?” y “Ustedes, ¿quién dicen que soy yo? No es cualquier momento, Jesús ha envuelto a sus discípulos en un ambiente de intimidad y de presencia de su Padre Dios porque desea escuchar la respuesta a estas dos preguntas fundamentales.

Decir lo que la gente afirma no representa ningún problema. Siempre es más fácil responder lo que dicen los demás que abrir el propio corazón para dejar ver lo que hay en su interior. Al instante responden las opiniones comunes, las que no comprometen, las que están sostenidas por una tradición y son opinión pública.

Es evidente que “la gente” tiene una opinión favorable de Jesús, pero muy lejana e impersonal. Las cosas se complican cuando tenemos que responder lo que hay en el corazón. Responder a Jesús, aún en el grupo cerrado de los discípulos, implica sus riesgos. Pedro los asume con valentía y a nombre de todo el grupo da una respuesta contundente: “Tú eres el Mesías de Dios”. Verdad plena y dicha con toda seguridad. Pero este mismo Pedro que ahora se levanta valiente para proclamar a Jesús, terminará temblando ante una mujer que lo reconoce y que lo acusa de ser de los suyos. Lo negará y jurará que no lo ha conocido.

Una cosa es decir quién es Jesús para los demás, aunque ya sea un gran reconocimiento nombrarlo entre los profetas más prestigiados y queridos por el pueblo, y otra cosa muy diferente es responder quién es Jesús para nosotros. Compromete y nos deja al descubierto. Pedro no se equivoca en su profesión de fe, Pedro se equivoca en la forma en que espera que Jesús sea Mesías.

No escucha, o parece no escuchar, la descripción que inmediatamente hace Jesús. Anuncia dolores, sufrimiento, persecución y aparente fracaso. Pedro no está dispuesto a pasar por esto. Y muchos de nosotros tampoco estamos dispuestos a pasar por estos dolores y sufrimientos, no estamos dispuestos a sufrir caídas y fracasos por el Evangelio.

Respuestas de vida, no de apariencias

Jesús no se deja encasillar en estos conceptos. Para Él lo importante es el encuentro personal, el compromiso decidido, la amistad sin condiciones y el amor a toda prueba. Es una pregunta al corazón que no se puede evadir. Jesús les indica a Pedro y a sus demás discípulos el camino para alcanzar esa salvación y para lograr la plena liberación. Primero les descubre el camino que Él va a seguir de rechazo y sufrimiento, pero también de resurrección, y después los invita a ser sus fieles seguidores.

Hoy Jesús nos pregunta por nuestra fe y por nuestra vida, no por las apariencias. Es más fácil cumplir unos preceptos, que en el fondo no alteran nuestra vida, que enamorarse de verdad y dejar que el Evangelio empape nuestra vida y cuestione incluso nuestras seguridades.

Ya decía un gran pensador, contemplando a los cristianos: “no hace falta que digan quién es Jesús para ustedes; por su forma de ser y de vivir, los demás lo notarán”. Conformarnos con respuestas ligeras: “Jesús es mi amigo”, “Jesús nació en Belén” o “Jesús murió en la cruz”, no es suficiente.  Se necesita una experiencia de encuentro con Jesús, se necesita asimilar y vivir su amor.

El día en que nuestros deseos, actitudes, trabajos e ideales, estén traspasados por la figura y la Palabra de Jesús podremos descubrir que Cristo es, ante todo, el que modela y da esencia a nuestra vida.  Comprenderemos las palabras de San Pablo que nos asegura que nos “hemos revestido de Cristo”. Y eso, no se dice… primero se vive.

Quede hoy en nuestro corazón, para responder de corazón, la pregunta de Jesús: “Y tú, ¿quién dices que soy yo?”.