Mensaje del Obispo Enrique Diaz Diaz, Dia del Señor de la Misericordia. 19 de abril del 2020
19 abril, 2020Hay que creer en comunidad, no en solitario
II Domingo de Pascua o de la Misericordia (19 de abril de 2020)
Mons. Enrique Díaz Díaz, Obispo de Irapuato
Tomás encajaría perfectamente en nuestro mundo: su desparpajo para negar lo que todos están viviendo, sus dudas y su exigencia de pruebas, son características propias de un mundo moderno donde no creemos más que aquello que experimentamos, que tocamos y que probamos personalmente. Este segundo domingo de Pascua parece a propósito para convencernos de la resurrección de Jesús tanto por las señales ofrecidas por Él mismo a sus apóstoles, como por las pruebas vivas que presenta la primitiva comunidad en los Hechos de los Apóstoles. Jesús presenta los argumentos irrefutables de un cuerpo desgarrado, amoroso, entregado a los hermanos, y la comunidad ofrece las consecuencias claras de ese amor: una palabra que se hace vida constantemente, el amor expresado en el partir y compartir lo que se tiene, una oración que al mismo tiempo eleva y compromete, y una Eucaristía que es expresión de la más grande unión con el Resucitado y con los hermanos. Signos de vida frente a los que no hay más opción que expresar como Santo Tomás: “¡Señor mío, Dios mío!”.
Nuestra fe parece demasiado convencional y vacía, como si solamente siguiéramos tradiciones y costumbres, formalismos externos que fácilmente se desprenden cuando se enfrentan a un cuestionamiento serio. Cristianos de nombre, de papel y aburridos. Para los primeros cristianos el encuentro con el Resucitado fue un vendaval que sacudió su interior y una experiencia que trastocó toda su vida y sus creencias. De los tonos oscuros que amenazaban con terminar con aquella comunidad adormecida y asustada, se pasa a la explosión radiante de luces y esperanzas fincadas en la victoria de quien ha dado la vida por nosotros y que al final ha vencido a la muerte.
Mirar a Jesús a través de sus llagas
Las señales ofrecidas por Jesús a Tomás nos hacen comprender que los clavos en los pies y en las manos y la herida del costado, son signo del amor y del sufrimiento en su entrega por los otros y al mismo tiempo, huellas de su presencia en medio de nosotros. No se puede experimentar a Jesús resucitado si no es a través de las llagas que ha dejado en su cuerpo la marginación, el dolor y el sufrimiento de los pequeños y excluidos, de los denigrados e ignorados, de los desposeídos y sobreexplotados. ¿Cómo se mira el mundo a través del hueco de las heridas de Jesús? Intentemos mirarlo y descubriremos, sorprendentemente, que es imposible ocultar o disfrazar la miseria y el dolor de la humanidad pues aparecen nítidamente, pero percibidos con amor, con esperanza y con una entrega plena. No se puede mirar a través del hueco de sus llagas con egoísmo e indiferencia, pero tampoco con rencores y venganzas. Mirar a través de las llagas de Jesús es mirar la certeza de que este mundo tiene el sentido que le da el inconmensurable amor de Jesús; es mirar con la esperanza de que su resurrección sigue obrando en medio de nosotros; y es vivir con el dinamismo de la nueva vida que su sangre derramada, sigue haciendo brotar. Mirar a través de las llagas de Jesús es sumergirnos en su Pascua: muerte y resurrección.
Las primeras comunidades han intuido todo lo que significa la resurrección de su Señor y por eso son capaces de iniciar un tiempo nuevo con el domingo como “día del Señor”, con la escucha y reflexión de la palabra, con una mesa puesta a disposición de todos, donde el que necesita puede tomar; donde al que le sobra puede aportar, para hacer la mesa común. No se manifestará la resurrección de Jesús en medio de nosotros si no pasa por el compartir.
Contemplemos hoy las llagas de Jesús que gritan resurrección, contemplemos también las señales de las primeras comunidades que tenían un solo corazón y una sola alma, y que se reunían diariamente en el templo y en las casas, compartían el pan y comían juntos con alegría y sencillez de corazón. ¿Qué señales estamos dando nosotros de resurrección? ¿Hacia a dónde nos lleva nuestra experiencia de Jesús vivo? ¿Dónde descubrimos y mostramos las llagas gloriosas? ¿Cómo es nuestra vida en comunidad y qué tan dispuestos estamos a compartir?