“No ser candil de la calle y oscuridad de la casa”, Mensaje del Obispo de Irapuato Enrique Díaz. 09 de febrero de 2020

“No ser candil de la calle y oscuridad de la casa”, Mensaje del Obispo de Irapuato Enrique Díaz. 09 de febrero de 2020

9 febrero, 2020 Desactivado Por Redacción

V Domingo del Tiempo Ordinario (9 de febrero de 2020)

Mons. Enrique Díaz Díaz, Obispo de Irapuato

El nuevo párroco quiere actualizar su iglesia y ponerla al día, para ello adquirió un moderno aparato de “velas” eléctrico. Pero a muchos, sobre todo a las comunidades indígenas, no les acaba de gustar el nuevo invento pues afirman que “la vela debe tener la misma vida de uno, gastarse y desgastarse, dar luz desde adentro y no de forma mecánica. La vela debe ser como la fe del creyente que está viva y comprometida, que se deshace para alumbrar a los demás no para deslumbrar, que pasa su luz a los demás, que da calor, … No nos convencen esos foquitos artificiales”.

Después de haber proclamado a los cuatro vientos sus maravillosas bienaventuranzas que vienen a trastocar todos los valores del mundo, Jesús se dirige a sus discípulos y les hace como una petición, un encargo, que tendrán que cumplir en cada una de sus acciones: ser sal y ser luz. Mientras la sociedad se adormece en una rutina de aburrimiento y pierde el sentido de la vida, Cristo exige mucho más a sus seguidores: ser sal. Es fácil captar todo el simbolismo y entender que el Evangelio infunde una energía y da un sabor especial a la vida. Sin embargo, parecería que a muchos la fe se les ha vuelto sosa, avinagrada y acartonada, y les ha faltado dinamismo y entusiasmo para llevar con alegría el Evangelio. Y no se pretende que la Iglesia se acomode al desenfrenado mundo moderno, sino que ofrezca esa esperanza y esa alegría de quien ha encontrado a Cristo.

Pero junto a este sentido de sabor debemos también recuperar el otro sentido que era para los judíos era más significativo: la conservación de los alimentos que como signo es traducido en fidelidad. Por eso una “alianza de sal”, como se proclama varias veces en el Antiguo Testamento, es una alianza duradera que asegura la permanencia y la fidelidad del pueblo elegido al que Dios nunca falla. Por eso cuando Jesús afirma que los discípulos deben ser sal, les indica que entren al mundo, pero en alianza con Dios y que deben mantener en el mundo las exigencias de la justicia verdadera que evitará que las comunidades se estanquen en la mediocridad y en la injusticia.

Unidos a Jesús, seamos luz

El otro imperativo es ser luz, y esto es cuestión de amor pues sólo en el amor se puede iluminar a los demás. No es el signo de superioridad y ni la señal de sabiduría que muchos quisieran adoptar, como si hicieran el favor de iluminar a los demás. No, la luz brota de dentro y va mucho más allá de la sabiduría humana. La luz está tomada del mismo Jesús que se ha convertido en la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Sus discípulos sólo podemos ser luz si tomamos su luz, si nos dejamos encender de su pasión, si disipamos nuestras tinieblas con su palabra. Isaías nos da la pista para ser luz: “Cuando renuncies a oprimir a los demás y destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva, cuando compartas tu pan con el hambriento y sacies la necesidad del humillado, brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía”.

En estos momentos hay muchas dudas e inseguridades, suicidios y vidas absurdas, que no podremos iluminar con ideas brillantes sino con compromisos serios a favor de los que han sido reducidos a la miseria y a la discriminación. Hay quien ya no cree en nada y va cargando con fastidio su vida. El discípulo puede dar sentido, sabor y luz a todo el que se encuentra desencantado. Y esto empieza con los más cercanos, porque estamos dispuestos a ser luz de las naciones, luchando y manifestándonos contra las guerras extranjeras, pero no somos capaces de exigirnos nuestro tiempo y nuestra aportación para los que están junto a nosotros y en nuestra casa. Somos candil de la calle y oscuridad de la casa. Somos reflectores que deslumbran y corazones en tinieblas. ¡Así no somos verdaderos discípulos! Nos quejamos amargamente de la oscuridad que reina en nuestro ambiente, pero no somos capaces ni de encender un cerillo para disipar las tinieblas.

El compromiso es grande y exige reflexionar seriamente cómo estamos siendo luz en nuestro mundo, cómo estamos dando sentido y sabor a nuestras vidas y a las vidas de los cercanos, y cómo estamos contagiando de Evangelio a quienes se acercan a nosotros.