La Voz del Pastor, mensaje dominical del obispo de Irapuato Enrique Díaz. 03 de noviembre de 2019

3 noviembre, 2019 Desactivado Por Redacción

XXXI Domingo Tiempo Ordinario (3 de noviembre de 2019)

Mons. Enrique Díaz Díaz, Obispo de Irapuato

El Evangelio de este domingo es especialmente rico en imágenes y cada palabra, cada descripción, nos provoca un sinnúmero de reflexiones y de aplicación para nuestra propia vida.  Comencemos con la descripción que nos hace San Lucas de Zaqueo. En pocas, poquísimas palabras, nos da a entender toda una experiencia de vida.

Ya sabemos que los publicanos o recaudadores de impuestos, no eran bien vistos en Israel. Vivían a expensas de los impuestos de un pueblo que sufría la opresión. Se ponían del lado de la poderosa Roma y sacaban provecho pues no sólo cobraban los impuestos, sino también medraban de ellos. Así Zaqueo, se había hecho rico aprovechando su cargo. Podría ufanarse de haber amasado una fortuna con el sudor de su frente, con su esfuerzo y privaciones, pero se olvidaría que esa riqueza lleva el sudor y la sangre del pueblo sencillo, dominado y juzgado por un pueblo invasor. Cuando el dinero invade el corazón, no nos permite mirar el corazón de los demás.

No es situación ajena a nuestra realidad. Hay grandes fortunas amasadas con engaños, con injusticias o con narcotráfico. Sus propietarios se sienten orgullosos de haberlas acumulado, pero toda riqueza lleva el sudor y el dolor de los pobres. Los grandes capitales se van formando poco a poco, quitando a quien menos tiene, están sustentados en salarios pobrísimos, en comercialización injusta y monopólica, en prepotentes alianzas y truculentos negocios. Hay muchas riquezas que se han logrado aprovechando los cargos y servicios que deberían dar vida al pueblo. La corrupción ha invadido todos los espacios.

Los obispos en Aparecida reconocían este fenómeno: “La globalización, tal y como está configurada actualmente, no es capaz de interpretar y reaccionar en función de valores objetivos que se encuentran más allá del mercado y que constituyen lo más importante de la vida humana: la verdad, la justicia, el amor, y muy especialmente, la dignidad y los derechos de todos, aún de aquellos que viven al margen del propio mercado”.

Este es Zaqueo. Podemos imaginarlo envidiado y aborrecido por gran parte del pueblo. Pero en un determinado momento de su vida, está dispuesto a encontrarse con Jesús. Trepa a un árbol. Al que no le interesaban las críticas y las burlas por su acumulación de dinero, tampoco le importó el que pudieran mofarse de esta determinación con tal de ver a Jesús. Se expone a nuevos riesgos.

Dejémonos mirar por Jesús

“Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa”.  Nuevamente encontramos a Jesús proponiendo una dinámica distinta a los roles de las costumbres judías. No solamente no condena, sino que propone un encuentro, un encuentro personal a quien parece que tan sólo quería mirarlo por curiosidad. Así encontramos a Jesús entrando en una casa y en un corazón que solamente era juzgado, criticado, pero al que no se le había hecho una propuesta de vida.

Las reacciones de los que miran no se hacen esperar. Es sintomático que Lucas diga que “todos” se pusieron a murmurar. El condenar y juzgar es tarea que se asume con facilidad. Pero Cristo no condena, propone liberación y vida plena.

¿Qué dijo Jesús a Zaqueo? ¿Qué hizo que cambió el corazón de aquel hombre? El Evangelio no lo dice, pero podemos imaginar que no fueron reclamos ni condena, sino propuestas y aceptación. No sabemos lo que dijo o hizo Jesús, pero sí sabemos lo que este encuentro provoca en el corazón de Zaqueo que lo hace exclamar: “Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más”. Esto es lo que hace todo encuentro con Jesús: cambia el corazón, compromete y hace mirar de un modo distinto a los hermanos.

Preguntas fuertes nos deja hoy Jesús en el Evangelio: ¿Qué estamos dispuestos a hacer para encontrarnos con Jesús? ¿A qué nos compromete el encuentro con Él? ¿Cómo relacionamos nuestra fe en Él con la solidaridad con los hermanos y la lucha por un mundo más justo? ¿Hemos defraudado a alguien: a la familia, a la comunidad?, ¿a nosotros mismos? ¿Cómo vamos a restituir?