La Voz del Pastor, mensaje dominical del obispo de Irapuato Enrique Díaz. 13 de octubre de 2019

La Voz del Pastor, mensaje dominical del obispo de Irapuato Enrique Díaz. 13 de octubre de 2019

13 octubre, 2019 Desactivado Por Opinión Bajío

La auténtica religión es la del corazón agradecido

XXVIII Domingo Tiempo Ordinario (13 de octubre de 2019)

Mons. Enrique Díaz Díaz, Obispo de Irapuato

Los leprosos en tiempos de Jesús, obligados por la enfermedad y por la discriminación, tenían que gritar desde lejos anunciando su tragedia, vivían en lugares apartados para no contaminar y no hacían vida social con los demás tanto por su propia conciencia como por el desprecio y alejamiento de los demás. Si ya les dolía mucho su enfermedad física, más les dolía el considerarse a sí mismos impuros como los decretaba la ley y quienes se consideraban “puros” se encargaban de remarcarlo. Quizás hubieran podido superar los dolores de una piel que se despedazaba sin remedio, pero no superaban el rechazo social y el hecho de que su enfermedad fuera considerada como una maldición divina. Eran, en definitiva, unos muertos en vida. Porque ¿para qué vivir si no puedes vivir con los que más quieres? El hombre no fue hecho para vivir en solitario y cuando es aislado sufre.

¿Lepra hoy? Por supuesto que la hay, pero no nos referimos sólo a la enfermedad. Han florecido otros tipos de lepras y discriminaciones igualmente dolorosas, igualmente injustas e igualmente prejuiciosas. Mujeres expulsadas de sus comunidades o de sus trabajos, migrantes tratados como maleantes peligrosos, bardas que separan mundos de personas distintas pero que en el fondo son hermanas; razas que se creen superiores, personas “vip” que consideran peligroso o inmundo tener contacto con los que son sus “hermanos” … Hay lepras que duelen porque se consideran “normales”, porque se justifican en ideologías puritanas y racistas, porque están influidas por posiciones sociales o económicas o porque se sustentan en mentalidades moralistas y aparentemente religiosas.

Hoy también se eleva el grito de media humanidad que desde lo lejos suplica: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. Y su grito duele porque quieren participar de la misma casa de todos, porque quieren compartir con los hermanos, porque buscan que se escuche su palabra. Jesús no se hace sordo, ni en aquel tiempo, ni hoy tampoco. Nosotros necesitamos hacer nuestro el mismo grito y proclamarlo a los cuatro vientos para que se rompan las barreras y las discriminaciones.

La gratitud no está de moda

No sé qué llame más la atención después del milagro que hace Jesús al reintegrar los diez leprosos a la comunidad: si la gratitud del samaritano o la ingratitud de los otros nueve. Era el menos apto a los ojos del mundo judío y sin embargo este hombre al verse curado comprendió que más importante que presentarse a la administración religiosa que, en su momento, le había marginado, era el correr a tirarse a los pies del Señor, en el que encontraba una acogida, que lo aceptaba como persona con todas sus limitaciones. Y Jesús no le vuelve a decir que se presente a los sacerdotes. Sólo le dice: “Tu fe te ha salvado”.

Fe y gratitud unidas en un solo corazón. Una fe que logra no solamente la curación como a los otros nueve leprosos, sino que le da la salvación. Fe y gratitud, dos virtudes exquisitas que ennoblecen el corazón. Los esquemas de inmediatismo y eficacia impuestos por la cultura de hoy son pródigos en mecanismos para pedir y exigir favores, pero para la gratitud no queda tiempo.

Para vivir la existencia como un regalo de Dios no tenemos dispuesto el corazón. Jesús enseña que el ser agradecidos es parte sustancial de la fe. Elemento indispensable en el trato con Dios. El hombre que cree que todo lo merece cierra la oportunidad a nuevos dones. No todo lo que somos, se debe a nosotros. No todo lo que tenemos, es producto de nuestro esfuerzo. No todo lo que conquistamos, es golpe de la simple suerte.

¡Dios tiene mucho que ver en todo ello! Nosotros necesitamos tener un corazón agradecido. Nuestra gratitud diaria por la vida, por los hermanos, por la presencia de Jesús en medio de nosotros. Gracias, gracias, gracias, Señor.