La Voz del Pastor, Mensaje dominical del obispo de Irapuato Enrique Díaz. 01 de septiembre de 2019

1 septiembre, 2019 Desactivado Por Opinión Bajío

01 de septiembre de 2019

* Mons. Enrique Díaz Díaz, Obispo de Irapuato.

Vivamos con generosidad

Las personas son como los árboles. Algunos crecen libremente y buscan alcanzar las alturas, dan frescura, sombra, flores y hasta frutos. Otros necesitan de otras plantas para crecer, pero al mismo tiempo que se nutren de ellas, las adornan, las protegen y hasta las tonifican. En cambio, algunas plantas parásitas, no conformes con nutrirse de otro árbol, lo ahogan, lo estrangulan y acaban secándolo. Igual las personas.

¿Nos sorprende lo que denuncia Jesús? Quizás nos parecería más extraño lo contrario. Nos cuesta ceder el paso, darle atención al otro, buscarle un lugar a quien lo necesita. La vida se ha tornado una competencia desenfrenada por conquistar lugares, por subir a lo más alto, no importa que se tenga que aplastar a los demás. Hemos hecho de la máxima griega: “más alto, más fuerte, más veloz…” una consigna de nuestra existencia. No es mala consigna cuando se entiende en su sentido más profundo, pero cuando es expresión de un egoísmo y una ambición desmedida, cuando nada sacia el corazón del hombre, la persona se torna un saco agujerado que nada es capaz de llenarlo y siempre está deseando más y más, lleva una vida hueca, desabrida, triste, y vacía porque nunca tiene bastante, insatisfecho, por no alcanzar los logros, y por buscar ostentación y apariencia, que no lo hace feliz.

Aprendamos a compartir como iguales

Los valores de nuestra sociedad son puestos en evidencia por los convidados que luchan por los primeros puestos, en oposición a los valores de Jesús: una comida para todos y un banquete de hermanos. Jesús invierte la escala de valores que ofrece el mundo y pide una mesa de servicio, de apertura y de atención.  Propone buscar los últimos lugares, no para eludir responsabilidades, sino como participación de iguales.

Mientras la sociedad alaba y enseñorea a los grandes, Jesús nos dice: “el que se engrandece será humillado; y el que se humilla será engrandecido”. Así, el signo del reino se torna más evidente: todos son hermanos, comparten la comida porque comparten la misma vida, se hacen cercanos, buscan establecer intimidad y participación. Jesús no busca la mediocridad o el apocamiento como muchos cristianos lo hacen como falsa humildad, todo lo contrario: nos lanza a ideales insospechados y propone alturas no conocidas, pero no trepando a costa de los demás, no arrebatándoles lo que les pertenece, no despreciando a los hermanos.

Jesús no critica la amistad, las relaciones familiares ni el amor gozosamente correspondido, al contrario, nos invita a reflexionar sobre la verdad última que mueve nuestras acciones. Propone relaciones humanas basadas en nuestro Padre Dios, gratuitas, en libertad y en amor.

La relación y la amistad siempre deben hacernos crecer, nunca debemos manipular a las personas pensando ¿Qué provecho puedo sacar de esta persona?  Ese es el pensamiento del mundo y con mucha frecuencia las relaciones que se establecen tienen fines utilitarios y es difícil vivir de manera desinteresada. Jesús enseña que lo importante no es recibir, sino dar, dar con alegría, dar con prontitud, dar con gratuidad.

El afán de recibir, de aparecer, de adquirir notoriedad, se anida en el corazón del hombre. Igual que a los ídolos del dinero y del poder, el hombre se esclaviza al afán de honores y búsqueda de prestigio. Por ello lucha y se esfuerza. Tiene miedo a una existencia desa­percibida y termina ahogándose en una pobre vida, mezquina, sin sentido, llena de egoísmo y de sí mismo. Olvida que el verdadero valor de la persona es dar más que recibir. Si por el contrario se quiere acumular y esconder, reteniendo todo egoístamente, se corre el riesgo de acumular cosas, prestigio y dinero, pero se termina siendo una piedra fría, un cirio hermoso pero apagado, una semilla estéril.

La ley evangélica de perder para encontrar, de dar para ser feliz, de morir para vivir, es dura en su seguimiento, pero es la única que nos permite tener una vida plena y feliz. Sí, el hombre es como las plantas hay algunas que dan vida, frescura y felicidad, y hay otras que en su afán de crecer ahogan el árbol de donde tomaban vida. Hay hombres cuya generosidad hacer crecer a los demás y otros que, en su lucha por encumbrarse, terminan solos y abandonados.

La imagen de una mesa compartida, donde todo se ofrece gratuitamente, donde podemos participar con alegría, donde todos somos hermanos, requiere la generosidad, la pequeñez y el servicio que solo pueden vivirse en el amor al estilo de Jesús. ¿Cómo vivimos nuestra relación con los demás? ¿Cómo compartimos lo poco o mucho que tenemos? ¿A quiénes invitamos a la mesa de la vida y a quiénes hemos rechazado? ¿Qué nos dice Jesús?