La Voz del Pastor, mensaje dominical del Obispo de Irapuato Enrique Díaz Díaz

25 agosto, 2019 Desactivado Por Opinión Bajío

25 de agosto de 2019 

XXI Domingo Tiempo Ordinario (25 de agosto de 2019)

Mons. Enrique Díaz Díaz, Obispo de Irapuato

REFLEXIONEMOS

A juzgar por la publicidad, hemos llegado a una época en que todo se consigue fácilmente: se logra tener un cuerpo atlético y esbelto con unas cremas, unos ejercicios fáciles y unas cuantas vitaminas; se anuncian fabulosos productos para limpiar sin ningún esfuerzo; se aprende inglés en quince lecciones en la comodidad de su casa; bastan unas cuantas pastillitas para sanar graves enfermedades; se solucionan los problemas más terribles y la mala suerte si acudimos a un prestigioso curandero; y se obtiene verdadero amor a base de piedritas y colores de ropa. También se ofrece la felicidad eterna si se pertenece a tal o cual religión sin mayor compromiso. Todo fácil, sin esfuerzo; todo externo y superficial.

Jesús nos presenta una situación muy diferente. Cuando va camino de Jerusalén, donde será crucificado, donde entregará su vida, nos pone en guardia para no hacernos la ilusión de una religión cómoda y a nuestro modo. A aquellos judíos que preocupados le preguntan sobre el número de los que se salvan, Jesús les responde no sobre el número sino sobre el cómo se salvan. Advierte que la salvación no es algo mecánico que se obtenga automáticamente. No basta para salvarse el hecho de pertenecer a determinado pueblo, a determinada raza o tradición, institución, aunque fuera el pueblo elegido del que proviene el Salvador: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas… No sé de dónde son ustedes”, nos dice el relato de Lucas. Quienes hablan y reivindican privilegios son los judíos; pero no podemos ingenuamente pensar que Jesús se refiere exclusivamente a los judíos de su tiempo. Debemos hacer actual el relato de Lucas: estamos ahora en un contexto de Iglesia; aquí oímos a cristianos que presentan el mismo tipo de pretensiones: “Profetizamos en tu nombre, hicimos milagros”, “Te prendimos una veladora”, “Alguna vez asistí a Misa”, “Tenemos una tía monja”, pero la respuesta del Señor es la misma: “¡No los conozco, apártense de mí!”. Salvarse no depende del simple hecho de haber conocido a Jesús o pertenecer a la Iglesia; hace falta más.

El símbolo del reino aparece como un banquete, lugar de encuentro y comunión. El banquete es una forma de expresar que el reino es plenitud, satisfacción, gozo, solidaridad y hermandad. Se nos ofrece, estamos invitados, pero es preciso entrar. Es un regalo que debe ser acogido.  Contrario a lo que hoy nos invita nuestro mundo: el egoísmo, el placer solitario, la abundancia individual que deja en pobreza y en miseria a los hermanos. No es una comida rápida, donde se llena el estómago, pero se queda vacío el espíritu porque se ha vivido egoístamente.

Dejemos atrás el “hombre viejo”

La selección en la puerta estrecha del banquete no se hará a base de títulos y apariencias, sino se escogerá a quien haya respondido con sinceridad y haya practicado la justicia. Sólo cuando se ha abierto el corazón a los demás se puede participar plenamente del reino.

Jesús llama a la radicalidad de una conversión, nos invita a cambiar el corazón y a esforzarnos por vivir una vida nueva, dando primacía absoluta a Dios y a los hermanos. Esta conversión no es teórica, sino una decisión que trastoca nuestro modo de actuar y nos exige una nueva conducta y un modo nuevo de relacionarnos con Dios, con las cosas y con los hermanos.

PENSEMOS

Es hora de regresar a la raíz del Evangelio: aceptación plena de Jesús y de su camino. No basta pertenecer al pueblo de Dios por el Bautismo y hacer unas cuantas prácticas. No basta haber escuchado la Palabra o incluso haberla enseñado; se requiere un testimonio coherente y unas entrañas de misericordia, se requiere dejarnos penetrar por el Espíritu de Jesús y desde nuestro interior transformar toda nuestra vida. Se requiere reconocer a todos los hombres y mujeres como hermanos y compartir la vida, el servicio y los bienes con ellos como lo hizo Jesús.

La puerta para entrar al reino de los cielos es el corazón de los pobres. ¿Hemos entrado en su corazón? ¿Han entrado los pobres en nuestro corazón?