La Voz del Pastor. Mensaje del Obispo de Irapuato Enríque Díaz Díaz. 18 de agosto de 2019

18 agosto, 2019 Desactivado Por Opinión Bajío

XX Domingo Tiempo Ordinario (18 de agosto de 2019)

Mons. Enrique Díaz Díaz, Obispo de Irapuato

REFLEXIONEMOS

El profeta Jeremías vive en una época en que los reyes y los generales de Israel se alían y confabulan con los pueblos vecinos, y los “profetas”, “sacerdotes” y “líderes” dicen al pueblo sólo palabras agradables a sus oídos. Sin embargo, las guerras, el hambre y la corrupción desalientan al pueblo y quebrantan su esperanza. Aparece entonces la figura incómoda de Jeremías que es enviado para “arrancar y destruir, para edificar y plantar”. Y su mensaje y su vida se convierten en un reclamo para el pueblo, sobre todo para los líderes que viven en la injusticia.

El profeta proclama con audacia el mensaje que Dios ha puesto en sus labios. Son palabras que maldicen, que hieren. Palabras que anuncian la verdad, palabras que no suenan bien a los oídos del pueblo, palabras que exigen fidelidad heroica a Dios, palabras que no admiten arreglos ni componendas. Por eso le atacan con audacia y con rabia, le acosan sin piedad, le acorralan como jauría de perros hambrientos. Le calumnian, mienten sin pudor. Intentan ahogar su voz, taparle la boca, reducirlo violentamente al silencio. Y casi llegan a conseguirlo. Así lo encontramos en la primera lectura en medio de peligros, hundido en el fango, pero fiel al Señor y a su misión. La palabra de fuego que ha anidado en su corazón no le permite quedarse en paz e indiferencia.

Igual hoy, el verdadero discípulo de Jesús, será ante todo seguidor de la verdad y de la justicia, no buscará acomodarse a las ambigüedades que el mundo le propone. Bastantes críticas y objeciones encuentran quienes quiere seguir rectamente a Jesús, es más fácil acomodarse a las doctrinas e ideologías de moda. Pero ahí está el ejemplo de Jeremías y el ejemplo del mismo Jesús: ser fiel a pesar de las oposiciones. Hay que afrontar con gallardía el momento difícil que atravesamos, hay que defender la verdad, la sana doctrina. Cueste lo que cueste, digan lo que digan, duela a quien duela. Porque el fuego de la Palabra anida en el corazón del seguidor fiel; porque no proclama su verdad, sino la verdad de Dios, porque no busca acomodos sino se siente impulsado y seducido por el fuego de la Palabra.

Jesús nos dice que ha venido a traer fuego a la tierra y que quiere que ya esté ardiendo. Su Evangelio es, sin duda, una doctrina revolucionaria, la enseñanza más atrevida y audaz que jamás se haya predicado. La palabra de Cristo es la fuerza que puede transformar más hondamente al hombre, la energía más poderosa para hacer del mundo algo distinto y formidable. Pero a veces los cristianos damos la impresión de ser como esas frutas que han crecido y han madurado a fuerza de procedimientos artificiales: aparecen como muy apetitosas a la vista, pero no tienen ningún sabor. Así los cristianos, aparecemos bautizados, confirmados e inscritos en nuestra Iglesia, pero no tenemos el sabor y el espíritu de Jesús. Hemos hecho del Evangelio, una doctrina acomodada a nuestros caprichos, un traje a la medida para seguir viviendo en medio de incoherencias.

El cristiano no puede ser neutral

No cabe oír esa Buena Nueva del reino y permanecer neutral o indiferente; no cabe entusiasmarse con Jesús y seguir en lo mismo de siempre. Por eso hay que optar con pasión, hay que tomar decisiones y actuaciones que implican cambios muy radicales en la vida. El que no pone por delante a Jesús, incluso sobre su propia familia, no puede ser su discípulo.

Querámoslo o no, el reino de Dios no viene sin oposición. Porque tiene que ver con esta sociedad, con sus estructuras de opresión e injusticia, con la riqueza y la pobreza, con la vida y la muerte. Por eso, anunciarlo y construirlo provoca conflicto y división.

PENSEMOS

Quien toma en serio el reino de Dios ciertamente sentirá que es como un fuego que debe quemar todo lo sucio y podrido, que debe iluminar nuestras oscuridades, que debe inflamar aun los corazones más duros. Pero esto está muy lejos de esas “guerras santas” donde se utiliza la religión para los propios intereses.

¿Cómo remueve mi interior el mensaje de Jesús? ¿Me deja indiferente o lo he tomado a la ligera? ¿Qué diría Jesús de nuestra forma de vivir su Evangelio en el mundo actual?