La Voz del Pastor, mensaje del Obispo de Irapuato Enrique Díaz. 23 de junio de 2019.

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23 de junio de 2019

Una pregunta a tu corazón

XII Domingo Tiempo Ordinario (23 de junio de 2019)

Mons. Enrique Díaz Díaz, Obispo de Irapuato

REFLEXIONEMOS

Es un grupo de estudiantes el que se atreve a hacer la pregunta: “¿Por qué muchos que fueron bautizados después abandonan el cristianismo? ¿Por qué si son cristianos viven en la injusticia, roban, matan y violentan?”. Ellos mismos intentan dar la respuesta diciendo que el Bautismo sólo es costumbre; que la ciencia los ha aparta, que se alejan por los malos ejemplos, que falta mucha coherencia y muchas otras respuestas. Lo cierto es que detrás de todas estas respuestas está la ausencia de un verdadero encuentro con Jesús que incida en la vida. Con dureza afirmaba Mazzini: “En la antigüedad, bárbara y feroz, los ladrones colgaban de las cruces; en los tiempos presentes, “civilizados”, las cruces penden del cuello de los ladrones”. La fe tendría que estar acorde con los hechos.

Para los discípulos de Jesús hay un momento de capital importancia. Ya han contemplado los prodigios realizados por Él, ya han escuchado sus palabras, ya recorren junto a Él el camino hacia Jerusalén, pero “en un momento de compañía, en un lugar solitario, al hacer oración”, les hace dos preguntas fundamentales: “¿Quién dice la gente que soy yo?” y “Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”.

No es cualquier momento, Jesús ha envuelto a sus discípulos en un ambiente de intimidad y de presencia de su Padre Dios, porque si son importantes todas las preguntas sobre el reinado, algunas son imprescindibles y ahora espera respuestas serias y comprometidas. Lo están contemplando en su “estar cara a cara con el Padre”, como Hijo en la intimidad. Se les ha concedido ver aquello que “la gente” no ve. De esta visión se deriva un conocimiento que va más allá de “la opinión” de “la gente”, suscita una fe y una confesión que los animará en su seguimiento.

Es evidente que “la gente” tiene una opinión favorable de Jesús, pero muy lejana e impersonal. Lo perciben con los mismos signos del Antiguo Testamento y no se atreven a establecer una relación cercana y personal con Él. Jesús no se deja encasillar en estos conceptos. Para Él lo importante es el encuentro personal, el compromiso decidido, la amistad sin condiciones y el amor a toda prueba. Es una pregunta al corazón que no se puede evadir y que Pedro, a nombre de los discípulos, responde: “El Mesías de Dios”. ¿Respuesta real? ¿Respuesta dicha desde el corazón? Jesús no le dice nunca a Pedro que está equivocado, no le reprocha, pero le amplía su visión miope. Ciertamente es “el Mesías”, “el ungido”, de Dios, pero no en el sentido que anhelaba el pueblo esperando una salvación que viene del cielo casi milagrosamente.

PENSEMOS

Hoy Jesús pregunta por nuestra fe y por nuestra vida, no por las apariencias. Es más fácil cumplir unos preceptos, que en el fondo no alteran nuestra vida, que enamorarse de verdad y dejar que el Evangelio empape nuestra vida y cuestione incluso nuestras seguridades. Es más fácil responder de memoria, como un perico, que Jesucristo es el Hijo de Dios, que plantearse en serio nuestra fe cristiana.

¿Seremos capaces de ser de verdad testigos, mártires, de Jesucristo, como después lo fue Pedro? Para seguir a Jesucristo es necesario que nos neguemos a nosotros mismos y carguemos con nuestra cruz. Cada uno tenemos la nuestra….

Ya decía un gran pensador, contemplando a los cristianos: “no hace falta que me digan quién es Jesús para ustedes; por su forma de ser y de vivir, los demás lo notarán”. Conformarnos con respuestas ligeras: “Jesús es mi amigo”, “Jesús nació en Belén” o “Jesús murió en la cruz”, no es suficiente.  Se necesita una experiencia de encuentro con Jesús, se necesita asimilar y vivir su amor. El día en que nuestros deseos, actitudes, trabajos e ideales, estén traspasados por la figura y la Palabra de Jesús podremos descubrir que Cristo es, ante todo, el que modela y da esencia a nuestra vida.  Comprenderemos las palabras de San Pablo que nos asegura que nos “hemos revestido de Cristo”. Y eso, no se dice… primero se vive. Quede hoy en nuestro corazón, para responder de corazón, la pregunta de Jesús: “Y tú, ¿quién dices que soy yo?”