La Voz del Pastor, mensaje dominical del obispo de Irapuato Enrique Díaz Díaz

2 junio, 2019 Desactivado Por Opinión Bajío

02 de julio de 2019

Reflexión del Evangelio del domingo

Mons. Enrique Díaz Díaz, Obispo de Irapuato

REFLEXIONEMOS

Nuestra civilización ha elevado su seguridad y desarrollo por encima de todas las esperanzas y expectativas de las generaciones precedentes. Sin embargo, no encuentra la felicidad ni el sentido de la vida que lo sostenga en sus afanes. Ha subido por los aires, rompe las barreras del sonido, conserva su voz y amplifica imágenes, supera las velocidades, domina los espacios, y, sin embargo, el hombre no goza del verdadero júbilo de la victoria, sino únicamente el sentimiento aplastante de una vida que se escurre entre las manos y una inquietud grande de lo que vendrá.

Hoy celebramos la fiesta de la Ascensión de Cristo a los cielos, es una fiesta que, bien entendida y vivida, da sentido y dirección a nuestras vidas, une el cielo con la tierra, fortalece nuestro caminar e ilumina la oscuridad que amenaza con engullir a la humanidad. La ascensión es el triunfo del Dios hecho carne que toma consigo todos los sufrimientos y dolores para darles sentido. Es la meta de todos los esfuerzos y la cima desde donde podemos ver con claridad y detenimiento todos los caminos. La ascensión es la respuesta a nuestra angustiante pregunta: “¿Dónde estoy?” Mirando a Jesús glorificado encontraremos el camino que va desde la tierra hasta el cielo.

La ascensión es meta y comienzo. Es la conclusión triunfal de la vida terrena de Jesús y la culminación de su itinerario; y es, al mismo tiempo, el comienzo del “tiempo de la Iglesia”, inaugurado con el Espíritu Santo, prometido por Jesús.

Al recibir el Espíritu la comunidad de los creyentes asume en sí misma la misión de continuar el trabajo inaugurado por Jesús, de manifestar el reino del Padre. Labor que comienza dando sentido a la vida de la humanidad pues deben predicar “a todas las naciones la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados”. Es darle una brújula al caminante: dirigirse hacia Dios; además también una fuente de energía: el Espíritu Santo, “la fuerza de lo alto”, y todo a partir de su realidad terrena de pecado y miseria.

Quien no tiene referencias ni puntos de apoyo, se pierde y queda suspendido en el vacío. Hay a quien el cielo y el reino de Dios no le dicen nada; solamente piensa en el dinero, el placer, el poder, la diversión, gozar y derrochar la vida. Sus ambiciones y sus metas no pasan de lo terreno y tangible. Otros por el contrario desconocen la realidad humana, se olvidan del dolor y sufrimiento de los hombres y presentan el cielo como única realidad.

Construyamos el cielo desde la tierra

Pero hoy Cristo nos propone que impulsados por la auténtica esperanza construyamos el cielo desde aquí, en la tierra, mediante el amor, el trabajo y el servicio a los hermanos. No quiere Jesús discípulos “parados mirando al cielo”, no acepta indiferentes ante las angustias de los hombres, no puede haber discípulos apáticos que se desinteresen por los dolores humanos.

La propuesta de Jesús está expresada en el kerigma que ofrece a los discípulos: a través del dolor y la muerte llegar a la resurrección. Partir desde el suelo para llegar al cielo. Seguir el camino de quien se ha encarnado y ha compartido con los hombres para llevarlos a una vida divina, que se tiene que hacer realidad desde ahora. La tierra es el único camino que conocemos para ir al cielo y así nos lo ha mostrado Jesús. Tendremos, pues, que ser constructores de esperanza y forjadores de sueños que se encarnen en nuestra realidad concreta.

PENSEMOS

En esta fiesta de la ascensión tendremos que responder a muchas preguntas e inquietudes que pueden ayudarnos a buscar caminos de encuentro y compromiso: ¿Cómo asumo mi identidad de discípulo de Jesús que debe dar testimonio de un reino posible que se construye desde aquí en la tierra? ¿Conozco y acepto el camino de entrega que Jesús nos enseñó? ¿Soy portador de buenas noticias y anuncio esperanza a quienes sufren y padecen? ¿En qué se nota que soy discípulo de Jesús?